Tita

Cuando volvía del colegio, después de almorzar, me tiraba a ver películas que daban en canal 7. Películas en blanco y negro. Era cine argentino del viejo, del clásico, del que me gustaba.

Recuerdo especialmente Dios se lo pague (de César Amadori con Zully Moreno y Arturo de Córdova) y La serpiente de cascabel (de Carlos Schlieper con Juan Carlos Thorry y María Duval).

Pero hubo una tercera película que, tal vez por su crudeza y mi edad relativamente corta, me impactó más que otras: Los isleros. El personaje principal, protagonizado por una Tita Merello salvaje y auténtica, se destacaba especialmente. Una actuación que ponía incómodo al espectador. Cómo si no se estuviera viendo una película sino un hecho real a través de una ventana. Su performance me dolió. Y entendí la versatilidad de esta mujer para encarar todo tipo de papeles. No sólo en las tablas, también en su vida.

Su nombre era Laura Ana Merelli. Nació en un conventillo de San Telmo en octubre de 1904 y era hija de un cochero de mateos, que murió cuando ella tenía cuatro meses. Imposible mejorar esa estampa de la Buenos Aires de principios de siglo XX. Su madre la reconoció en la partida de nacimiento recién a los cuatro años y a los cinco la internó en un asilo porque tenía que trabajar y no podía ocuparse de su hija.  Esta infancia marginal no iba a mejorar.

Durante su niñez, además de limpiar casas sin sueldo, en Uruguay, pasó un tiempo en el campo de un tío trabajando con vacas y limpiando chiqueros. No tenía más de diez años y nunca asistió al colegio. Tita, en el futuro, hablaría siempre de su niñez desprotegida (Mi infancia fue breve. La infancia del pobre es más breve que la del rico, solía decir) pero, lo que más la marcó no fue la pobreza en sí misma sino la falta de cariño.

En 1917 comenzó su carrera artística, no por vocación sino por hambre, según sus palabras, como corista en el Teatro Avenida. Aunque fue abucheada por cómo cantaba, ella no desistió. Aprendió a leer y a escribir alrededor de los 18 años, cuando un amigo le enseñó.  En 1922 se presentó en el teatro Ba Ta Clán, también como corista. Al año siguiente, en el teatro Maipo, cantó su primer tango: Trago amargo.

Así, Tita Merello, dejó atrás el hambre urgente y la mala vida y pasó la década del 20 entre las actuaciones en teatros y cantando tangos. La gente y, especialmente los productores, empezaron a mirarla más atentamente. (En una entrevista, ya retirada de la actuación, reconoció, con una dignidad que sólo se encuentra en las grandes personas, haber cobrado por sexo en su juventud, en los momentos en que no tenía absolutamente nada para comer).

En 1932 fue convocada para actuar en la primera película sonora de la Argentina: ¡Tango! Allí compartió cartel con Libertad Lamarque, Azucena Maizani, Pepe Arias y Luis Sandrini. Fue la primera vez que Sandrini y Merello se vieron. Pero se ve que el destino estaba distraído en aquella época porque ni se miraron.

Recién a fines de la década del treinta, exactamente en 1937, con la obra La Fuga, Tita fue reconocida como actriz dramática. Jamás tomó clases de teatro o actuación. Fue pura fuerza y trabajo personal. Fuerza de estómago. Ella sabía lo que era sentir hambre y no quería volver a sentirlo en su vida.

Su forma de actuar y cantar, tan de arrabalera, de barrios bajos, tan seductora y a la vez impenetrable, generaba todo tipo de sentimientos. En una ocasión un periodista la saludó y tomándole la mano la besó. Un poco con intenciones de conquista y un poco de desaire enmascarado, le dijo: usted en otra vida debe haber sido cortesana. Tita le quitó la mano, lo miró con una sonrisa y le contestó: ¿Y ahora qué soy?

La década del 40 comenzó con un éxito detrás del otro. En la actuación y en el canto. En 1943 estrenó la milonga Se dice de mí (de Pelay y Canaro), una letra que hace alusión a la personalidad de Tita. Nadie jamás ha podido escuchar esa canción sin pensar en ella. Se dice que soy fiera, que camino a lo malevo (…) Años después del estreno contó que, aunque realmente siempre se había sentido fea, con el tiempo había descubierto que no hacía falta ser bonita, sólo había que aparentarlo.

Un año antes, 1942, había iniciado una relación con un hombre que finalmente torció su plan de vida: el actor Luis Sandrini. Inmediatamente, y por idea de ella, se mudaron juntos. Sin casarse. ¡Cómo si a Tita le pudiera haber importado el qué dirán!

Luis y Tita vivieron juntos hasta 1948. Durante esos años, Sandrini, en pleno ascenso en su carrera actoral, no paraba de generar éxitos. Su mujer no se quedaba atrás. Pero, la Tita rebelde e insolente que todos conocieron, se sacó la armadura que la protegía de los golpes que le había dado la vida desde muy chica, y se dejó descansar en su hombre. Sintió que por fin podía relajarse.

En 1946 a Sandrini le ofrecieron un trabajo en México y hacia allí fueron los dos. Tita también filmó en aquel país. Su figura crecía y se estaba convirtiendo en una estrella fuera de las fronteras. Cuando volvieron, llovieron ofertas para los dos. Eran la pareja más afamada. Tita por fin se sentía plena. Exitosa en el cine, en el teatro, en la música y compartiendo la vida con el hombre que amaba. Pero para ella también el reloj dio las doce y la carroza volvió a ser calabaza.

En 1948, ya en Argentina, Sandrini firmó un contrato para trabajar en España. Paralelamente, a Merello le ofrecieron protagonizar la película Filomena Marturano. Era una oportunidad única protagonizar una obra del dramaturgo del momento Eduardo de Filippo. Cuando Tita le comentó la novedad a su marido, Sandrini le contestó con desaire: ¿Y eso qué es? Si aceptaba, ella se quedaría en Argentina y él en España.

¿Qué iba a hacer? ¿Dejar todo por lo que tanto había trabajado por un hombre? Sí, era el hombre que amaba pero, entendió, el que ama quiere lo mejor para el otro. Y lo mejor para ella era continuar con su carrera.

Finalmente, Luis Sandrini le dijo si te quedás, no me ves más. Como había ocurrido en tantas ocasiones en su vida, la fuerza natural de esta mujer apareció , se plantó frente al hombre que consideraba el amor de su vida y, escondiendo su corazón roto, le dijo que se quedaba en Argentina. Y la afirmación de Sandrini se hizo realidad. Nunca más se vieron. Él se casó con la actriz Malvina Pastorino, con la que formó una familia. A Tita, por su parte, nunca se le conoció otro hombre.

El tiempo y el público le reconocieron la valentía ya que durante los años que siguieron Tita Merello cosechó sus mayores éxitos. Entre 1933 y 1985 filmó más de treinta películas. Entre ellas, además de Filomena Marturano, Los isleros, aquella película que tanto me conmovió en mi infancia, La morocha, El amor nunca muere, Amorina y Deshonra, por nombrar algunas.

También siguió dedicándose a la música. De grande, ya cansada de la actuación, tuvo participaciones en radio y tv. Recuerdo escucharla hablar en televisión, en programas a los que iba de invitada. Siempre, siempre terminaba su participación recomendándole a las mujeres que se hicieran un pap. Sí. Algo de lo que no se hablaba mucho en la década de los 80. Pero ya sabemos, Tita nunca se callaba.

Murió el 24 de diciembre de 2002, a los 98 años, en la clínica Favaloro. El director de esta institución, René Favaloro, la albergó los últimos años de vida. Al momento de morir, debajo de su almohada, guardaba una foto de Luis Sandrini.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s