Fiebre amarilla en Buenos Aires

Aunque me dedico a escribir novelas históricas para chicos y jóvenes, nunca había leído una. Sí leí novelas históricas pero orientadas a adultos. Una de mis preferidas es La caída de los gigantes, de Ken Follett, pero ese es otro tema. Este año, en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Buenos Aires compré un libro de Franco Vaccarini llamado Fiebre Amarilla.

El libro me encantó. Una historia bien narrada, sin golpes bajos y con imágenes que muestran a la Buenos Aires de 1871 como si estuviéramos allí. El relato de una familia que es dueña de un hotel y se ve obligada a irse y dejar todo para salvarse mientras ve cómo todos sus vecinos y conocidos van muriendo por la peste. Ahora bien, más allá de la novela y su ficción esto fue lo que pasó.

En 1867, Buenos Aires había tenido una muestra gratis de lo que era una epidemia cuando el cólera se cobró la vida de 600 personas. Cuatro años después, esta vez de la mano de un mosquito, la pandemia de fiebre amarilla le dio una lección a la ciudad: era momento de comenzar a dejar atrás el siglo XIX y adentrarse en la modernidad en cuanto a infraestructura y servicios.

Fueron tres los primeros casos de fiebre amarilla. Se detectaron el 27 de enero de 1871 en los barrios de San Telmo y Monserrat. La densidad poblacional de esos barrios era más alta que en otros puntos de la ciudad porque era el lugar en donde se levantaban casa de inquilinato, también llamadas conventillos. Los inmigrantes, los que literalmente llegaban con una mano adelante y otra atrás, vivían en cuartos alquilados de grandes casas chorizo, la mayoría de las veces en condiciones de salubridad precarias, que nos horrorizarían hoy pero que eran lo normal en aquella época.

Las calles de la ciudad eran en su mayoría de tierra, barro cuando llovía, no había cloacas y el agua no era potable. Piensen por un momento en el uso de baños y la higiene de todas esas personas que vivían en conventillos. Era el transporte ideal para cualquier enfermedad contagiosa.

Si bien en años anteriores hubo casos de fiebre amarilla, que llegaron al país provenientes de barcos que venían de Brasil, se cree que en esta pandemia la fiebre amarilla fue traída desde Paraguay por los soldados que venía de luchar en la guerra contra ese país.

Los muertos comenzaron a multiplicarse de manera acelerada. Por día morían decenas de personas, llegando a morir centenares en tal solo 24 horas. Los síntomas podían ser de una gripe: dolor de cabeza, cansancio muscular, fiebre, calor, sudor y vómitos. Hasta esta etapa de la enfermedad, los padecientes podían llegar a curarse. Pero había otra etapa en la que, si entraban, la única salida iba a ser la muerte: vómitos negros o con sangre, piel amarilla y opresión en el pecho y en la boca del estómago.

Los hospitales no daban abasto por la superpoblación y, a la vez, el mismo personal de salud se contagiaba y moría. Una escena del infierno de Dante. Pronto, tampoco alcanzaron los cementerios.

El cementerio del Sur, que ahora es el Parque Florentino Ameghino en Parque Patricios, se llenó de cadáveres y el gobierno tuvo que tomar la decisión de buscar un nuevo espacio.

El lugar elegido fue una chacra del colegio de la Compañía de Jesús. A esas tierras se las conocía como “la chacrita o chacharita de los colegiales”. Así se abrió el cementerio del oeste, hoy conocido como de la Chacarita. No estaba ubicado en dónde está actualmente, sino en la plaza que está enfrente llamada Parque de los Andes. Pero otro problema se presentó. La ciudad contaba con 50 carros fúnebres y tampoco alcanzaba. Cómo no había manera de llevar a los cadáveres hasta el nuevo cementerio, los cajones quedaban apilados en las esquinas.  En menos de 30 días, en un tiempo verdaderamente récord, se colocaron vías por la avenida Corrientes, y pusieron en funcionamiento lo que pasó a conocerse como “tren de la muerte”. Una locomotora que tiraba de vagones que transportaban los cajones hasta el cementerio. Salía de la calle Jean Jaurés, paraba en Medrano y Scalabrini Ortiz (todas las calles con los nombres actuales) y llegaba a Dorrego y Corrientes, en dónde había un depósito para los cajones.

La población de la ciudad bajó drásticamente no sólo por la muerte de ciudadanos sino por la cantidad de familias que se mudaban al norte del Gran Buenos Aires para evitar el contagio. Uno de los que salió de la ciudad fue el presidente Domingo Faustino Sarmiento, quien fue duramente criticado por esta actitud, especialmente por el diario La Nación. La realidad es qué, cuando vemos alguna película de Hollywood y hay un ataque alienígena, por ejemplo, lo primero que se hace es poner a salvo al presidente. Lo mismo ocurriría con una epidemia. Y así en cualquier lugar del mundo. Pero bueno, en ese momento se vio como algo bochornoso que Sarmiento se fuera de la ciudad para salvaguardarse.

Con la llegada de los primeros fríos la epidemia fue calmándose y, hacia el mes de junio ya no se registraron casos de fiebre amarilla.

La situación fue única y el pintor Juan Manuel Blanes retrató este episodio de la epidemia en uno de los cuadros más famosos sobre el tema (lo pueden ver en la primera imagen que aparece en este posteo).

Pero, si realmente quieren saber cómo fue esa Buenos Aires desolada por una enfermedad, entonces compren el libro de Franco Vaccarini y lean una linda historia.

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