Ain’t I a woman?

Hace un año y medio conocí el Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana en Washington. Tal vez, uno de los museos más lindos que he visitado en mi vida.

Me recomendaron comenzar el recorrido por el último piso, dedicado a la música afroamericana. Por supuesto, la historia del blues, del jazz, del soul, del rock, del funk, del disco, del hip hop y del rap estaban allí. Y sí, todo fue creado por afroamericanos. Desde la guitarra de Prince hasta el Cadillac de Chuck Berry. Desde la ropa de Josephine Baker hasta la trompeta de Louis Armstrong.

Contarles la experiencia en ese museo nos llevaría un posteo entero, así que voy a atenerme a lo que quería contarles.

Después de recorrer todos los pisos (música, cultura, literatura, deporte), emocionada y fascinada, fui al subsuelo. Estaba segura de que nada iba a conmocionarme como lo que ya había visto. Pero me equivoqué.

Allí arrancaba la historia de los primeros africanos que llegaron como esclavos hace 400 años, en agosto de 1619. Uno va subiendo desde el cuarto subsuelo hacia la planta baja y la historia de esos cuatrocientos años va acompañada por la arquitectura del museo, subiendo por rampas llenas de vitrinas, posters, cuadros y maquetas hasta llegar al siglo XXI cuando el grito final anuncia Black Lives Matter.

Y allí también fue donde vi, entre otras mujeres afroamericanas hechas de coraje y valentía, a Soujourner Truth.

Sus padres la llamaron Isabelle cuando nació en 1797, a unos 150 kilómetros de Nueva York, en una familia de esclavos. Por supuesto, su destino era ser esclava y no estaba exenta de ser vendida (los niños eran vendidos al igual que los adultos).

Cuando cumplió nueve años fue separada de sus padres y comenzó a trabajar con su nuevo dueño, John Neely, quien la golpeaba muy frecuentemente. Hacia 1815, con 18 años y trabajando con la familia de John Dumont, en Nueva York, se enamoró de un esclavo del que sólo conocemos el nombre: Robert. Pero el dueño de Robert, Charles Cation, le prohibió ver a Isabelle. Aunque ya sabemos, como dice la canción, que el amor es más fuerte (¡Ay! ¡Sí! Qué cursi…) buscaron la manera de encontrarse. Hasta que Cation los atrapó y golpeó tanto a Robert que un tiempo después murió a causa de esos golpes.

Ese mismo año, Belle, como la llamaban, tuvo a su primera hija, Diana. Nunca se supo si fue producto de su amor con Robert o de alguna relación no consentida con su dueño, algo más que habitual entre los amos y sus esclavos. Ser esclavo no era sólo trabajo forzoso, era ser humano convertido en propiedad. En cuerpo. Pero no en alma. Y para muchos valientes, como Isabelle, tampoco en mente.

Luego de la relación con Robert, Isabelle se casó con el esclavo Thomas, con quien tuvo cuatro hijos.

El estado de Nueva York fue uno de los primeros en abolir la esclavitud (formalmente en 1827) pero, un año antes, en 1826, Isabelle tomó coraje, y se escapó llevándose a su quinta hija, Sophia. Consiguió trabajo como mucama en la casa de la familia Van Wagenen quienes la ayudaron “comprándola” a la familia Dumont (la última familia a la que perteneció) por veinte dólares. Sus otros hijos (menos Diana que había muerto muy pequeña) quedaron en la casa de su ex dueño. Pero Peter, de tan sólo cinco años, fue vendido a Alabama (estado del sur en donde la esclavitud era legal). Con la ayuda de la familia Van Wagenen, Isabelle demandó a su antiguo dueño por haber vendido a su hijo de manera ilegal. Y ganó. Fue la primera mujer negra en ganarle un juicio a un hombre blanco. Su hijo fue restituido.

Entre los años 1839 y 1843, esta ex esclava se inclinó por la religión y fue en este ámbito en donde desarrolló su talento para hablar en público. Comenzó a dar discursos religiosos con el reformista religioso Elijah Pierson.

Se mudó a la ciudad de Nueva York y, en 1843, se cambió formalmente el nombre a Sojourner Truth (que en inglés significa peregrina de la verdad). Se unió a una asociación creada por abolicionistas, entre ellos el famoso escritor y también ex esclavo Frederick Douglass.

En 1850, con la ayuda de William Lloy Garrison, uno de los integrantes de esta asociación, publicó un libro llamado La narrativa de Sojourner Truth: Una esclava del Norte. (Si les interesa, puede conseguirse en Amazon)

Pero no se detuvo en luchar por el abolicionismo. Ella, mejor que nadie sabía, que peor que ser esclavo era ser esclavo y mujer.

Si las mujeres quieren derechos, ¿por qué no los toman en lugar de hablar de ellos?. Esto opinaba Sojourner. Y se dedicó a hacer además de hablar. En 1851 asistió a la Convención sobre los Derechos de la Mujer, en Ohio. Sí, estamos hablando de ¡mitad del siglo XIX! Allí pronunció un discurso que luego se convertiría en emblema de las luchas femeninas, llamado Ain’t I a woman? (¿No soy yo una mujer?). Dos años más tarde fue convocada por la sufragista Harriet Beecher Stowe (autora de la obra famosa mundialmente La cabaña del tío Tom) para participar en otra convención, esta vez para pedir por el derecho a voto.

Durante la Guerra de Secesión (1861-1865), Sojourner se ocupó de alistar jóvenes para el ejército de la Unión, ayudó a esclavos a escapar y a conseguir suministros para el ejército. Después de la guerra, fue invitada a la Casa Blanca a conocer al presidente Abraham Lincoln. Años más tarde también conoció al presidente Ullysses Grant y hasta trabajó en la campaña de re elección.

En 1865, noventa años antes de que Rosa Parks se negara a cederle el asiento a un hombre blanco, Sojourner se subió a un tranvía, en Washington (al que no podía subir por ser negra) y el conductor la arrojó del vehículo provocándole heridas. Sojourner, una vez más, le inició una demanda a un hombre blanco y ganó.

Truth siguió trabajando en temas relacionados con la esclavitud,  especialmente en el National Freedman’s Relief Association, que era una especie de campo de refugiados de ex esclavos, en donde ayudaba en el hospital y se ocupaba, también, de conseguir trabajo para que se insertaran en la sociedad los esclavos liberados.

Nunca dejó de luchar por los derechos de las mujeres. Especialmente el derecho a voto. En 1871, fue una de las primeras mujeres en votar en Michigan, estado al que se mudó y donde pasó los últimos días de vida.

Murió en 1883, a la edad de 86 años.

En el año 2009, se convirtió en la primera mujer afro americana en tener un busto en  el Capitolio y en el 2014 el Instituto Smithsoniano la incluyó en la lista de los Cien Americanos más influyentes de la historia.

Entendió que la mujer, sin importar la raza, la religión o la clase social, debía luchar por sus derechos. Y así lo expresó: Hay un gran revuelo acerca de los hombres negros consiguiendo sus derechos, pero ni una sola palabra sobre las mujeres de color. Pero si los hombres negros consiguen sus derechos y las mujeres de color no, verá… Los hombres de color se convertirán en amos de las mujeres y estaremos tan mal como antes.

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